Tarde de domingo en la playa

El sonido de las olas rompiendo en la playa. Los barcos de vela navegando camino del puerto cruzándose con cruceros rumbo a una travesía desconocida. El día dando paso a la noche lentamente; el sol desapareciendo en el océano. Respirábamos las últimas bocanadas del verano mientras acabábamos el domingo a tragos de té helado, Coca-Cola y puñados de ‘Lacasitos’, sin pensar en el lunes que estaba por venir.

Los últimos bañistas empezaban a desfilar camino de la ciudad. Allí nos quedamos nosotros, acompañando a los pocos surferos que intentaban cabalgar sobre las olas y esperando a que el cielo se llenara de estrellas. Comenzamos a poner música en el teléfono móvil para pasar el rato y que no quedara ese estúpido silencio que queda a veces cuando no hace falta hablar. 

“Quizá hemos nacido para correr”, dijo ella al cabo de un rato sin decir nada, viendo como se movían ágiles los surfistas sobre el mar picado. “Quiero decir, fíjate cómo ha caído la noche sobre nosotros, cómo se ha vaciado la playa de gente, cómo ha subido la marea. Y nosotros no nos hemos movido de aquí. El tiempo pasa rápido y nosotros deberíamos correr junto a él”.

"¿Y eso a qué viene?", preguntaba yo. Ella respondió, con esa sonrisa que ponía a veces cuando algo le hacía gracia o cuando mi inglés no era demasiado bueno: “Dentro de unos meses, te acordarás de mi. Pensarás que tendrías que haber corrido igual que yo. Querrás correr más rápido, pero te habré dejado atrás y no me podrás alcanzar”.

Para romper el silencio de mi incomprensión, ella acabó: “No espero que lo entiendas ahora, pero tengo una cosa para el camino” Allí, delante de nadie, nuestras miradas se encontraron como dos piezas de un rompecabezas. Se acercó lentamente y nos quedamos a dos centímetros. El destello verde del último rayo de sol nos alcanzó. 

Al cabo de unos meses, cuando ya no pensaba en eso, el tiempo le dio la razón: nunca había estado tan cerca de ella como en ese momento. Después, recogimos nuestro trozo de arena y corrimos hacia la estación de tren. Sentados en el comboio, sus ojos castaños reflejaban lugares lejanos, con agrestes montañas que morían en un océano infinito, playas de arena negra, bosques frondosos y pueblos perdidos. Era demasiado tarde; ella corría sin remedio, como el tiempo que nos llevaba a casa.  

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