Un mundo sin periodistas


Hoy os propongo hacer un ejercicio de imaginación. Pensad que os despertáis una mañana cualquiera. Tras apagar el despertador y pasar por el baño, coges tu teléfono móvil. Obvias los 250 mensajes nuevos que tienes en Whatsapp y abres tu red social favorita, pero resulta estar vacía. Todavía adormecido, intentas meterte en la página web de algún diario o en algún blog con información y tampoco puedes; muestran un extraño mensaje de error. 

Enciendes esa radio que tienes en el baño, junto al lavabo. Buscas y rebuscas por el dial, pero todas las emisoras emiten música clásica, muy variada, eso sí. Te quedas esperando las señales horarias, pero después de ellas no hay ningún boletín informativo. Ya preocupado, te vas a la televisión del salón. En todos los canales se alternan películas y obras de teatro con documentales de la fauna en la llanura del Serengeti. Algún realizador despistado se ha dejado la carta de ajuste puesta (o eso parece).

Incrédulo, bajas a la calle. Tus vecinos te acompañan porque como tu se han dado cuenta de que algo está pasando. Todos juntos vais al kiosco del barrio, ese que está apunto de cerrar porque cada vez menos gente compra el periódico por las mañanas. El kiosquero os dice que esta mañana no ha llegado nada y que no sabe qué es lo que está pasando. Por arte de magia, nadie sabe nada. Y te mata la curiosidad.

Imaginad que un día nos levantamos sin profesionales de la información


No te enterarías de cómo ha perdido el Real Madrid con el nuevo peinado aerodinámico de Cristiano Ronaldo. Tampoco sabrías nada sobre la nueva novia de la estrella de moda "del corazón", ni con quién le está engañando. Evidentemente, el cornudo tampoco se enteraría, o por lo menos, no se enteraría por otros. Pero tú quieres saberlo (la estrella de moda todavía no lo intuye).

No habría forma de saber quién ha asesinado a quién en un remoto lugar del globo que sólo le importa a cuatro gatos. Además, no podrías entender por qué ese hecho, entre muchos otros, está haciendo que cada vez la barra de pan sea más cara y que tu sueldo ya no te sirva para llegar a fin de mes. Pero tú quieres que alguien te lo explique.

No podrías conocer quién se ha estado llevando las comisiones de alguna concesión del ayuntamiento, haciendo que tengas que pagar más impuestos y disfrutar de menos servicios públicos. Ni habría expertos terturlianos ganándose el sueldo defendiendo lo indefendible en debates eternos, intentando contagiarte de su opinión. Pero tú quieres la verdad sobre el asunto y forjarte una opinión propia.

Nadie te defendería de lo que crees injusto, incluso de ataques contra tu persona. Tu voz sería oída, pero no escuchada, y mucho menos difundida. Sería como no poder hablar... y tú quieres hablar más que nunca.

Para que tú puedas saber, para que tú puedas entenderlo, para que tú puedas tener la verdad, para que tú puedas hablar...


Por todo ello hay miles de periodistas que trabajan todos los días repartidos por todo el mundo. Que se incluso se dejan la vida en un desierto lejano (por un mísero sueldo, por cierto) para que tu tengas la información suficiente y así puedas decir y opinar lo que quieras. La libertad de expresión y el periodismo van de la mano: sin libertad de expresión, el periodismo no es más que propaganda, hasta para la información más irrelevante e irreverente. Irreverente como es el humor de Charlie Hebdo.

Desgraciadamente, esto no lo comprende todo el mundo: dos individuos han cometido sacrilegio en tierra sagrada de los Derechos. Creo que el peor castigo para ellos no sería pudrirse en la cárcel, no. Lo más horrendo que podrían hacerles sería privarles del derecho a poder informarse y, sobre todo, del derecho a poder expresarse abiertamente a través de medios de difusión pública o privada. A fin de cuentas, es lo que ellos querían hacer a través del miedo. Afortunadamente, nosotros no somos tan bárbaros.

El miedo es un arma muy poderosa. Pero el periodismo lo es más. Je suis Charlie.

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