El entierro de la sardina


Este entierro no es uno cualquiera. Nunca verás un cortejo fúnebre donde se tiren caramelos, se grite y se canten canciones de charanga al son de una banda de música. También es raro que puedas encontrar un entierro en el que veas bailar con el ataúd e incluso entrar con él en un bar, a tomar algo a la salud del finado. Durante varias horas del último día de carnaval, la seriedad y lo correcto se queda en casa, y el desenfado y la guasa son los principales protagonistas de la tarde. Así es el entierro de la sardina, una tradición muy típica que se realiza por toda España.

Cuenta la leyenda que durante el reinado de Carlos III, venía a Madrid un envío de pescado. En pleno siglo XVIII, traer pescado desde la costa a Madrid no era moco de pavo. La situación geográfica de Madrid nunca fue la mejor ni para gobernar un Imperio ni como centro de transporte, pues todo tenía que llegar a la capital mediante caminos de tierra. Así que, en el mejor de los casos, ese pescado tuvo que recorrer 350 kilómetros para llegar a Madrid, atravesando toda la meseta y subiendo (y bajando) todas las cordilleras que la rodean, lo que podía llevar semanas.

Pero claro, tampoco vino en un camión frigorífico. Quizá en un carro cubierto, lo mínimo para protegerlo de las inclemencias del invierno español, y por supuesto, cubiertas de sal, que es un maravilloso conservante. A pesar de todo ésto, al llegar a Madrid el pescado no tenía pinta de estar muy fresco. Más bien presentaba signos evidentes de putrefacción. El mismo rey resolvió enterrar el envío de pescado, para evitar la intoxicación de la población de la ciudad y sobre todo, el mal olor que deja el pescado podrido.

No está claro cómo se convirtió en una tradición; el carnaval siempre ha sido un momento para lo distinto y lo incorrecto, así que tenía que "morir" para que al año siguiente volviera más fuerte. Lo que sí sabemos es que, años después, Goya representó en su cuadro "El entierro de la sardina" el espíritu que ilumina este acto, el último del carnaval: la diversión y la alegría, o como se diría en lenguaje moderno, el buen rollo. Y que hoy continúa realizándose en Madrid, con una cofradía especial que se encarga de perpetuar esta tradición.

El pasado miércoles de carnaval me pasé por el entierro de la sardina. Partiendo de San Antonio de la Florida, llegamos hasta la Casa de Campo, el lugar donde parece que se enterraron las sardinas. Allí, en el bosque, iluminados por la luz de una hoguera y de las antorchas que portaban los cofrades, cada uno quemó algo que quisiera dejar atrás; mientras, los más atrevidos, saltaban el fuego.

Os dejo alguna de las fotos que saqué durante la tarde.








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