Auge y desgracia de los cibercafés

Nunca lo habría pensado hace unos años, pero hoy no tengo Internet en casa. Por motivos que no vienen al caso, porque si no empezaría a hablar mal de mi compañero de piso, nos hemos quedado sin conexión a la red hasta nuevo aviso. Además, mi teléfono baja datos sin ton ni son, con lo cual he terminado en quince días con mi bono de Internet móvil. Así que no os asustéis ni os enfadéis si veis que no contesto mensajes en Whatsapp; una vez que salgo de mi lugar de trabajo, pierdo toda conexión con el mundo. 

A veces, cuando lo necesitamos, bajamos al café de la esquina. Allí hay una red Wi-Fi a disposición de los clientes. Y mientras sacio mi sed de información, de contenidos absurdos y de la verdadera razón para la que se creó Internet, me rondaba en la cabeza una pregunta: ¿qué fue de los cibercafés? Parece que fue ayer cuando muchos de nosotros, hijos de los noventa (o de Leticia Sabater y su programa “Mucha marcha”), íbamos aquellos lugares con veinte PC's, llenos de gente chateando, consultando su correo electrónico o jugando al CounterStrike o, no me miréis así porque todos tenemos un pasado, a Ogame. 

Cuando la revolución empezó, poca gente tenía Internet en sus casas, y suerte que había un ordenador por domicilio, gracias a míster Bill Gates y su informática para todos. Los que tenían, descargaban a 64k, algún afortunado con algo más de velocidad, y dejaban sin teléfono al resto de su familia, en un momento que era más imprescindible que ahora que todos tenemos móviles. El navegador era Netscape y buscábamos en páginas que hace años que ya no existen, como Lycos o Altavista; Google aún no era ni una idea.


 
Yo era uno de los afortunados; gracias al trabajo de mi padre, había ordenador y conexión a Internet en casa; quizá por eso se me hace raro no tener conexión ahora. Como tesoro preciado que eran, no lo usábamos mucho: fue en cuando comencé la educación secundaria cuando empecé a querer usarlo. Éste fue el momento en el que empecé a frecuentar los cibercafés y, sobre todo, los centros públicos de Internet. El concepto era parecido: un local con varios ordenadores, más o menos modernos dependiendo del dinero que el dueño o el Ayuntamiento quisiera gastar, todos conectados a la Red. La diferencia: que uno pagabas y en otro no (o, por lo menos, no directamente). 

Para aquellos que supieron ver el negocio en los cibercafés, seguro que fue una gran inversión. Con la cantidad de gente que frecuentaba diariamente esos locales, el beneficio estaba prácticamente asegurado. Fueron unos años dorados, hasta que se empezaron a generalizar los ordenadores y en mayor medida, las conexiones ADSL y los routers inalámbricos en todos los hogares. De repente, Internet estaba literalmente en (casi) todas partes. Inevitablemente, los cibercafés empezaron a decaer poco a poco, al mismo tiempo que la gente iba instalando su conexión en casa, y que otros negocios y centros públicos, siguiendo el ejemplo de Starbucks, empezaban a ofrecer Wi-Fi a sus usuarios. El golpe de gracia llegó cuando, una vez que fue barato, empezamos a acceder a Internet usando nuestros teléfonos móviles. 

Ahora, sólo quedan los locutorios, que parece que sólo existen para hablar de cosas de dudosa legalidad y/o terrorismo, y algunos puestos con Internet a precio de oro en aeropuertos y estaciones de ferrocarril, como reducto de esta pequeña época. Las aulas de Internet de los centros culturales están desapareciendo en las ciudades, si no lo han hecho ya, y sólo resisten, infrautilizadas, en los pueblos. Apenas quedan los puestos de las bibliotecas, como reservas de conocimiento que se resisten a ser devoradas por portátiles y tabletas conectadas a una red inalámbrica. 

Cuando veo todo lo que han cambiado las cosas en los últimos 10 años, cómo cosas que antes eran imprescindibles ahora no lo son (y viceversa), no puedo evitar sentir un poco de repelús. Cada vez Internet es más simple, y a la vez más complicado que nunca. Antes no eras nadie, y ahora todo el mundo puede ver muchos trapos, sucios o no, de tu vida. Por un lado, no puedo esperar a saber qué será lo próximo que va a revolucionar nuestra forma de comunicarnos. Pero por el otro, no penséis mal de mi si alguna vez echo de menos sentarme en el Centro de Internet, en ese momento en el que Internet era, de verdad, todo campo.

Imágenes |
  1. Larry D. Moore CC BY-SA 3.0. "Internet Cafe and Library on the Golden Princess" - Wikimedia

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