Braga, la ciudad abierta

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Llegar a Braga es encontrar una ciudad con los brazos extendidos, esperándote. La ciudad hace gala de su símbolo, una puerta abierta, y hace que te sientas cómodo. Merece la pena dejarse caer un día y recorrer sus calle llenas de juventud e historia. Porque si hay algo que define Braga son esas dos últimas palabras, que son parte de la manera de ser de sus habitantes. 

Braga puede parecer pequeño, y lo es. Pero no tiene nada de capital de provincias: es la tercera ciudad más grande de Portugal, con más de 180.000 habitantes censados, y cerca de 800.000 en su área metropolitana. Y de ellos, un 35% tiene menos de 25 años. La juventud está presente en todas partes. Tanto es así que Braga ha sido nombrada ciudad más joven de Europa y además, fue Capital Europea de la Juventud para el año 2012

A pesar de ser tan joven, Braga lleva tantos años aquí que ya ni se acuerda. Por eso presume también de ser la ciudad más antigua de Portugal. Desde el Neolítico siempre ha habido asentamientos, aunque fueron los romanos que fundaron la ciudad propiamente dicha. Ellos la bautizaron como Brácara Augusta, y la convirtieron en un importante eje de comunicaciones, tanto que era la ciudad más grande de esta parte de la península. 


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Tras las presencias bárbaras y musulmana, la Braga medieval se organizó en torno a la Iglesia. No es de extrañar que si hay algo que abunda en Braga sean iglesias: es una de las ciudades con más templos católicos por kilómetro cuadrado. De hecho, alguien llamó a Braga la “Roma portuguesa”, por la gran cantidad de plazas e iglesias de estilo renacentista, al estilo de la Ciudad Eterna. 

Quizá por eso, la catedral ocupa un lugar privilegiado, más de lo normal si cabe, dentro de la ciudad. Además, da cuenta del poder eclesiástico de la ciudad, que la llevaría a rivalizar con Santiago de Compostela, y a ser conocida como la Ciudad de los Arzobispos. Ellos tuvieron un papel fundamental en la independencia de Portugal, como ya conté, aunque los acontecimientos se desarrollaran en cercano otro lugar, Guimarães. 

El poder estaba representado por un castillo, que se alzaba en el lugar donde hoy hay un edificio que podría ser el Ayuntamiento (pero no lo es). A principios del siglo XX, alguien con muy poco criterio decidió demolerlo para dejar paso a un edificio moderno. Como recuerdo quedó la torre del homenaje, convertida en sala de exposiciones y en mirador de toda la ciudad. 
 
Si subimos allí, justo en el centro neurálgico que es la plaza de la República y la avenida Central, podríamos pensar que no sabe decidir hacia cuál de los dos ríos que atraviesan la ciudad debe caerse. El Este y el Cávado forman hondonadas que permiten, desde el centro de la ciudad, divisar las llanuras y los montes de alrededor. Montes que, por cierto, están coronados de santuarios; hay tres, siendo la más conocida la del Buen Jesús, famosa por los 581 escalones que esperan a los visitantes.

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Pero dejemos de hablar de iglesias. Aunque no lo parezca, Braga tiene más cosas. Desde vestigios de la presencia romana (su teatro romano es uno de los mejor conservados del norte de la península), hasta una casa-museo de una rica familia (Museo de los Vizcaínos), conservada en el estilo barroco que también caracteriza a esta ciudad, y que esconde un sorprendente jardín escondido entre el asfalto de la ciudad. 

No podemos olvidar a la Universidad. Si la Iglesia fue el elemento desarrollador de esta urbe durante la Edad Media y el Renacimiento, la Universidad hizo lo propio con Braga durante estos últimos años. Fundada en 1973, la Universidad rejuveneció a Braga y fue la causante del continuo crecimiento de la ciudad desde entonces. El campus está en las afueras, pero la sede está justo al lado de la catedral, en el antiguo palacio episcopal. 

Después, es imprescindible dar una vuelta por los bulevares de la avenida Central y descubrir qué es lo que se está organizando allí. Esta avenida es el lugar de celebración y escenario de muchos eventos celebrados en la ciudad. Aprovechando que está cerca, se pueden ver los escaparates de la avenida de la Libertad y de la rua do Souto. 

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Precisamente al final de esta calle está la razón del sobrenombre que he utilizado para este artículo: el arco de la puerta Nueva, símbolo de la ciudad. Esta puerta fue la última que se construyó en la ciudad (por eso lo de nueva), y se diseño abierta. Entonces, la ciudad empezaba a crecer extramuros y los bracarenses, conscientes de que ya no había nadie que les amenazara (ni siquiera los españoles), decidieron que todo el mundo podía entrar. 

Ese espíritu de apertura aún permanece en Braga. Igual ya no se dejan abiertas las casas para que entren los vecinos, como parece que se hacía antes. Pero sigue habiendo ganas de unir la tradición con la modernidad, lo antiguo con lo transgresor, las viejas reglas con las ideas revolucionarias. La intención es romper con el pasado y darlo todo al futuro, pero al mismo tiempo lucir, más o menos orgullosos, la historia de toda una vida. Lo mejor es que todo parece encajar; todos conviven en armonía más o menos estable. 

Por eso, cuando alguien se deja la puerta abierta en Portugal, se le pregunta si es de Braga. Y por eso se conoce a Braga como la Ciudad Abierta. 

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