Correr es de cobardes


Salgo a la calle con la velocidad del Honda de Fernando Alonso. Cruzo la puerta y enseño tímidamente mi cabeza por la cornisa de mi edificio. Levanto mi cabeza atraído por la curiosidad y la farola. Al trasluz puedo ver las gotas de agua, finas, pequeñas, como una cortina casi transparente. “No me das miedo”, le digo a las perpetuas nubes que cubren esta ciudad, como si no supieran que el va a correr por su culpa como un buen cobarde soy. Pongo el cronómetro a cero y me abrocho el chubasquero. No miro atrás cuando doy mi primera zancada y abandono la protección de mi edificio.

Los árboles me cubren. Las gotas empiezan a salpicar mi chaqueta. Corro, no pasa nada. Intento no pensar que estaría mejor en el sofá abrigado con una manta. De hecho, intento no pensar en nada; quiero acompasar mi respiración a mi zancada y a la música que está sonando. Me relajo y pierdo la vergüenza; la canción que reproduce mi teléfono móvil me hace pensar que estoy protagonizando un videoclip. En éstas, mientras me miran raro los pocos coches que pasan, mitad por lo del videoclip, mitad por que estoy corriendo bajo el aguacero, llego al río.

Me quedo al descubierto. La lluvia arrecia y los charcos aparecen en mi camino. Salto sobre ellos como un niño pequeño con botas de agua, con la pequeña diferencia de que mis pies sí se calan. Pero me da exactamente igual, quiero librarme de todas las excusas que utilizaba para no hacer esto. Si he de esperar a que no llueva cuando quiero salir a correr, en esta zona y en esta época del año, puedo perder mucho tiempo. Me reafirmo en mis pensamientos y en lo bien que lo estoy pasando, y paso bajo la imaginaria pancarta del kilómetro uno. Alcanzo la velocidad de crucero, mientras oigo el sonido de las presillas del rio, más altas que el volumen de la música que estoy escuchando.

Cruzo a la otra orilla del río y los árboles me vuelven a cubrir las espaldas. Pero hoy en día uno no puede confiar ni en las plantas y me traicionan: las hojas que el Otoño ha respetado dejan caer goterones entre mis ojos y mis gafas. Empiezo a necesitar un limpiaparabrisas para los cristales de mis lentes (patente en trámite). Abandono el río y exijo un poco más a mis piernas para remontar una colina. No sé si el hecho de estar calándome hace que corra más rápido. Cuando llego a la cima (puerto de tercera categoría), completo el segundo kilómetro. Sin darme cuenta, vuelvo a correr más rápido, cuesta abajo, buscando otra vez el río.

Atravieso el puente centenario y me planto en esas estatuas tan modernas que ya he comentado aquí. El agua de la lluvia se mezcla con la de la fuente y se sale de ésta, formando (más) charcos en el suelo. Vuelvo a saltar sobre ellos, mientras subo mis gafas a lo alto de la nariz: el agua y el sudor hacen que se resbalen; he de hacer ésto constantemente si no quiero que acaben en el suelo. Empiezo a notar el esfuerzo del último kilómetro cuando cruzo, otra vez, a la otra orilla del río. 

Giro a la derecha buscando las piscinas municipales, como si con este tiempo me hiciera falta un baño.

Una voz un tanto robótica me recuerda que ya he recorrido tres kilómetros en el momento que empieza otra cuesta arriba. Tengo que salirme de la acera porque es una trampa de agujeros, rocas y barro. No quiero castigar más a mi tobillo, así que comparto la calzada con los pocos coches que pasan por la calle, iluminando mi camino. Llego al final de la colina (cota no puntuable para el Gran Premio de la Montaña), decidiendo si lo que quiero hacer es parar o seguir corriendo. La sala de recuperación, es decir, la cuesta abajo, me despeja las ideas.

Finalmente, sin pensarlo demasiado, se impone lo segundo y, tras pasar por otro puente, vuelvo al punto donde empecé mi recorrido en forma de ocho por el río. La poca transpiración del chubasquero hace que esté más mojado por dentro que por fuera. Me doy cuenta que he perdido la cuenta de las veces que he subido mis gafas para evitar que se cayeran, y entonces llego al cuarto kilómetro de mi recorrido. Debería girar la derecha, atravesar un pequeño túnel y entrar en el pueblo, pero lo han cerrado por si el río se sale e inunda toda esa parte más baja de la población.

Sigo corriendo sobre las huellas que he dejado antes, buscando un nuevo recorrido. En lugar de cruzar una vez más un puente, decido subir una pequeña rampa y cruzar la carretera general que pasa por la villa. No veo un pimiento, y eso que acabo de limpiar mis gafas, así que con mucho cuidado bajo unas escaleras para regresar al pueblo. Los soportales de los edificios me sirven para refugiarme, pero la verdad es que ahora casi no llueve. Enfilo otra cuesta arriba para alejarme del nivel del río y de sus posibilidades de desbordamiento.

A todo ésto, hace media hora que empecé a correr y empiezo a pensar que ha llegado el momento de poner fin al ejercicio. Cruzo otro puente más (sí), esta vez sobre un pequeño arroyo, y llego al mercado, justo cuando hago el kilómetro cinco de este viaje. Empapado, pero contento, digo que ya está bien por hoy. En mi cabeza sigue rondando la tontería de “correr es de cobardes”, así que después de haber jugado un rato, vuelvo a casa andando despacio, como chico valiente que soy. La que no para de correr es la lluvia, que vuelve atemorizada, no sé por quién, al sitio donde nació.

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