Mis días de voluntario europeo en Estonia (II)

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Este artículo tiene una primera parte que puedes leer aquí.

Si algo hicimos aquellos días en Estonia, aparte de trabajar, fue conocer el país donde estábamos viviendo durante ese mes. Gracias a nuestros mentores, Agniezska, Jane y Ragnar, y a que prácticamente pasamos el mes junto a ellos, pudimos sumergirnos en algunos aspectos de la cultura de Estonia y descubrir algunos de los rincones más bonitos del país.

No me cansaré de repetir que a los mentores les debemos gran parte de la inolvidable experiencia que vivimos todos allí. Para empezar, casi cualquier cosa que les pedimos, la teníamos al momento. Incluso cuando teníamos que llamar a la puerta de su casa en plena noche, no había problema. Además, intentaron introducirnos en su comunidad, traduciendo para nosotros lo imposible. El estonio es una de las lengua más difíciles de hablar y comprender, y nosotros apenas decíamos 'hola' y 'gracias'

Hasta nos metieron en la sauna, uno de los elementos centrales de la vida estonia. La sauna es lo que podría ser el bar de la esquina en España, sólo que más saludable: un lugar para socializar, relajarte y pasarlo bien. No hay casa que no tenga una e incluso dos: una pequeña, eléctrica, dentro y otra más grande, con estufa de madera, en el jardín. Hasta los bloques de pisos tienen una para los vecinos. Los estonios casi nacen dentro de la sauna y desde bien pequeños la disfrutan. Además, ellos presumen de tener la mejor y la más tórrida: intentan mantener la temperatura por encima de 80ºC, y normalmente superan los 100ºC. Y después, una buena ducha con agua fría para limpiar todo.



Otra cosa que nos enseñaron fue un poco de la gastronomía y de la cultura de la barbacoa que hay en este país báltico. Digo esto porque prácticamente había barbacoa, en el jardín o en el bosque, todos los días. No se come mucho pescado, y sí mucha carne, muy especiada. A cambio, los voluntarios también preparamos algunos platos y bebidas de nuestros paises dentro de nuestra noche intercultural.

Hablando de bebidas, no me puedo olvidar de las muchas cervezas, sidras, y algunos shots de vodka (los estonios también presumen de tener el mejor vodka) o del licor nacional "Vana Tallinn" que bebimos. Cualquiera de ellos servían de preludio o epílogo a muchas conversaciones y grandes momentos con ellos. El problema llegaba cuando alguien abusaba del alcohol y estropeaba la noche de todos, como pasó en varias ocasiones. Pero eso es otra historia.

Los mentores también nos acompañaron en la aventura de perdernos en la vasta naturaleza de Estonia. De hecho, fue casi lo primero que hicimos, porque nuestra formación tuvo lugar en un albergue perdido en mitad de una de estas selvas, la de Taevaeskoja, al Este del país. Durante esos días además navegamos (en dos ocasiones, por si una no era bastante) el río Ahja en canoa, para descubrir paisajes que otra forma no podríamos haber visto.

Ahja Eesti Polvamaa river landsape rio paisaje

Otro buen recuerdo que guardo fue la noche que dormimos en la granja de Ragnar, a las afueras de Parnu (también conocido como el Benidorm de Finlandia y Rusia). La verdad es que todos los fines de semana hacíamos algo. El viernes cogíamos la furgoneta y salíamos hacia algún sitio.

Esta granja era un lugar especial. Su abuelo empezó a construir una casa cuando se retiró, pero la dejó inacabada. No tenía ni agua corriente ni electricidad, y estaba totalmente apartada del mundo, rodeada por un oscuro bosque. Pero el lugar tenía mucho encanto. Dormimos en tiendas de campaña, bajo la luz de la luna, y al calor de la hoguera y la sauna.

Pero, ¿qué lugar no era especial? En cualquier lugar donde deteníamos la furgoneta te esperaba un atardecer que te quitaba el aliento, o un paisaje que era difícil describir con palabras. Hasta el ver cómo una tormenta llegaba cruzando el golfo de Riga era bonito, daba igual el frío o la lluvia. Y viniendo de una España donde en ese mismo momento ya había 30ºC a la sombra, era un desafío.


Al fin de semana siguiente, visitamos Viljandi, aunque fue más bien un viaje de trabajo, como ya he contado. Y al otro, fue cuando cogimos el ferry y viajamos hasta Estocolmo. Por supuesto, también visitamos Tartu varias ocaciones.

La otra parte importante que hizo la estancia fue el de grupo, porque estábamos juntos 24 horas al día y 7 días a la semana. Sara, Adriana, Grega, Ziga y yo compartíamos casa, cocina, baño, sauna, coche para ir a trabajar, actividades... Afortunadamente, la convivencia fue relativamente buena, especialmente entre los “ibéricos”, aprovechando que nos entendíamos mejor. No voy a negar que también hubo algún que otro roce, forzado por el choque de culturas, y también de los diferentes niveles sociales de los que procedíamos. 

Pero aún siendo situaciones difíciles para todos los que estábamos presentes (mentores incluidos), enriqueció de gran manera la experiencia vivida. Acabas aprendiendo del otro, poniéndote en su lugar, dándote cuenta del poder que tienen las diferencias y viéndote en la necesidad de buscar una solución que las salve, por muy grave que sea el problema. Creo que esto es lo que te hace crecer y madurar como persona, y es una de las cosas a las que te fuerza cualquier proyecto de este tipo.

Fotos de Sara Barros

Creo que no olvidaré en la vida los largos días de finales de primavera que pasé en Estonia. El mes pasó tan rápido que parecía que le habían quitado horas a esos días eternos de verano boreal, con luz en el cielo hasta medianoche y un horizonte blanco hasta que volvía a salir el sol tres horas después. La única pega que quizá puedo poner es que tan pronto como llegamos, ya era la hora de volver. 

Y ahora todo iba a ser distinto. 

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