I speak americano (2): volando solo


Hoy, sigo viajando por Estados Unidos y Canadá. Aunque quizá no de la manera que esperáis. Hoy quiero hablar de lo que pasa cuando viajas solo, que es, normalmente, la manera que elijo de viajar. ¿Y qué pasa? Que conoces a gente.  Para seguir leyendo en castellano, sáltate el párrafo en inglés (o lee lo mismo dos veces).

Today, I continue traveling through the United States and Canada. But maybe not in the way you expect. Today I want to talk about what happens when you travel alone, which is usually the way I choose to travel. So, what happens? Simply, you meet people. To continue reading in English, click here.

Normalmente, cuando viajo, y miro al asiento junto al mío, no veo una cara conocida. Esto pasa porque normalmente viajo solo, sobre todo en el viaje de ida. La verdad es que a mi me parece lo normal, porque es lo que he venido haciendo desde que soy mayor de edad. Pero hay gente que piensa que soy valiente por hacerlo, porque a ellos les cuesta.

Entiendo a aquellos que pensáis que es difícil. Sé que puede dar miedo tener que enfrentarte a un espacio vacío, incómodo, al que no estás acostumbrado. O pensar que vas a necesitar ayuda y no vas a tener a nadie a tu lado. No os voy a engañar, a mi también me cuesta: hay días que no me soporto o que me gustaría compartir lo que me está pasando con alguien. También eso forma parte de la aventura.

Creo que la falta de compañía no debería ser un impedimento para viajar. Pensad también en las ventajas: caminas a tu propio ritmo, te paras cuando y donde quieres, y visitas los monumentos que te gustan. Si hubiera estado acompañado, quizá no podía haber dedicado todo el tiempo que dediqué al Museo del metro de Nueva York.


Además, viajar sin acompañante no significa que viaje solo. De una manera o de otra, el viaje se encarga de llenar ese espacio vacío del que hablaba antes. Digamos que la propia experiencia te abre a los demás. Así que siempre acabas conociendo gente, viajeros o lugareños, que se convierten en parte de los recuerdos.

Por ejemplo, durante mis andanzas por Estados Unidos y Canadá, conocí a varias personas. Ellas, por cómo me ayudaron o los momentos que compartí con ellos, también son parte de este viaje. 

Una vez que el avión ya estaba en el aire, empecé a hablar con Fred. Parece una tontería, pero la conversación empezó con algo tan simple como un "que aproveche" antes de empezar a comer. Estuvimos hablando hasta que le perdí la pista en la frontera. Me contó que iba a trabajar para BMW en los Estados Unidos con una beca que había conseguido apenas un par de semanas antes, y que le había costado mucho conseguir el visado, tanto que casi no llega. Para él no era la primera vez en Estados Unidos, y parecía que iba a una segunda casa.

Lo primero que hice al llegar a Toronto y registrarme en el hotel fue darme una ducha. Estaba medio desnudo, cambiándome en la habitación, cuando entró otra huésped, Ellia. También acababa de llegar a la ciudad. Dio la casualidad que estaba haciendo el mismo viaje que yo, sólo que en sentido inverso. Fuimos a comprar juntos, y como ya conocía el nivel de vida canadiense, me dio valiosos consejos para comprar barato y bien (como lo de los "Dollarama" o Dollar Stores que os conté el otro día).

También en Toronto, y también en el hostel, conocí a Melissa, una chica franco-británica con la cabeza un poco bastante en las nubes. Siempre me acordaré de la que lió para pedir una hamburguesa en un restaurante de comida rápida... ¡Pobres camareros! De lo que no me gustaría acordarme es de su maleta rota, y las 30 manzanas que separaban la estación de tren Union y la estación central de autobuses. Aunque viajaba sola, no debía hacerla mucha gracia: se acopló a mi viaje a Montreal, y luego ella siguió su camino.


En Montreal no conocí a nadie en especial. Pero en el tren, camino a Nueva York, me encontré con Wilson. Hicimos migas rápidamente, porque también era periodista, aunque la vida lo había llevado, desde Colombia, a ser profesor en una Universidad de París. Además, también le gustaba el ciclismo: mientras no hablábamos del presente y futuro de la comunicación, me contó que el motivo de su viaje. Wilson regresaba a Nueva York después de haber recorrido los 700 kilómetros que separan la Gran Manzana de la ciudad más importante del Québec en su bicicleta... ¡plegable!

Por último, ya en Nueva York, tengo un grato recuerdo de Mark, un gran tipo y con un gran corazón. Me invitó a jugar con él al billar, después de que encontrara un par de mesas "callejeras" en un parque a la orilla del río Hudson. Él acaba de salir de trabajar, y bajaba a jugar para relajarse antes de viajar a casa, en la otra punta de la ciudad. Tenía técnica, y me enseño algunos trucos para jugar mejor. Además, mientras le daba largas a la encargada del parque para que devolviera las bolas y los tacos, me contó otras cosas que podía hacer en Nueva York sin gastar mucho dinero.

Además de todas estas personas, que conocí allí, había caras que ya me eran conocidas. Por supuesto, también estaban mis amigos neoyorkinos. Pero ellos se merecen otro artículo.

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I speak Americano (2)

Flying solo

Usually, when I travel, and look at the seat next to mine, I don't see a familiar face. This is because I usually travel alone, especially on the outward journey. The truth is that it's something normal to me, because it is what I've been doing since I was 18 years old. But still, there are people who think I'm brave to do it, because it's something they wouldn't do. 

I can understand those of you who think is difficult. I know it can be scary to have to face an empty space, an uncomfortable space, to which you are not used to. Or to think you're going to need help and you're not going to have anyone by your side. So I'm not going to fool you, it's also hard for me: there are days I cannot stand myself or I would like to share what is happening to me with someone (special, I would say). That is part of the adventure too.



I think that the lack of company should not be an impediment to travel. Just think about the advantages: you walk at your own pace, you can stop when and where you want, and visit the monuments you like. If I had been accompanied, perhaps I could not have devoted all my time to the New York Transit Museum. 

In addition, traveling without a companion doesn't mean that you travel alone. One way or another, the jouney will be in charge of filling that empty space of which I spoke before. Let's say that the experience itself opens you to others. So you always end up getting to know people, travelers or locals, who become part of the memories. 

For example, during my wandering around the United States and Canada, I met several people. All of them, for how they helped me or the moments we shared, are also part of this trip. Those are their stories: 

Once the plane was in the air, I started talking to Fred. It sounds silly, but the conversation started with something as simple as an "enjoy your meal" before you start eating. We were talking until I lost his track on the US border. He told me that he was going to work for BMW in the United States with a scholarship he had obtained just a couple of weeks before, and that he had had a hard time getting the visa, so much that he almost didn't catch the plane. It was not his first time in America, and it looked like it was going like a second home for him. 

The first thing I did after I arrived in Toronto and checked in at the hotel, was to take a shower. I was half naked, changing in the room, when another guest arrived, Ellia. He had also just landed in the city. It happened she was doing the same trip as me, but in reverse. We went to do groceries together and, as she already knew the Canadian standard of living, she gave me valuable tips to buy cheap and good (like the "Dollarama" or Dollar Stores I told you the other day). 



Also in Toronto, and also in the hostel, I met Melissa, a French-British girl with her mind a little high in the clouds. I'll always remember how she messed on the poor waiter to buy a hamburger in a fast food restaurant. What I would not like to remember is her broken suitcase, and the 30 blocks that separated the Union train station from the Central bus station. Even though she was traveling alone, I think she wasn't happy with it: she join me on my trip to Montreal, and then she went on her way up North. 

I didn't meet anyone in Montreal. But in the train, on my way to New York, I met Wilson. We hit off quickly, mainly because he was also a journalist, although life had taken him, from Colombia, to be professor in a University, near to Paris. In addition, he also liked cycling: while we were not talking about the present and future of communication, he told me the reason for his trip. Wilson was returning to New York after having traveled the 700 kilometers that separate the Big Apple from the most important city of Quebec on his... folding bicycle! 

Finally, in New York, I keep a pleasant memory of Mark, a great guy with a great heart. He invited me to play pool with him, after I found a couple of "street" pool tables, in a park on the bank of the Hudson River. He just left work, and went down to play and relax before traveling home, on the other end of the city. He had technique to play, so he taught me some tricks to play better. Besides, while he was making time to give back the pool ball set to the park manager some, he told me other things I could do in New York without spending a lot of money. 

Besides all these people, whom I met there, there were faces in the city who were already familiar to me. Of course, I'm talking about my New York friends. But they deserve another article.


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